martes, 29 de marzo de 2011

A gusto del consumidor


Dentro de la amplia carta que nos ofrece interné, desde esta Azotea tenemos el gusto de invitarle a degustar los siguientes platos con la esperanza de que estén al alcance de su paladar.
Todos emanan un agradable aroma, pero sobre todo no se pierdan el postre, diseño de alta cocina.


APERITIVOS




 PRIMER PLATO




SEGUNDO PLATO




POSTRE


Eso es todo amigos, ¡que aproveche!


jueves, 17 de marzo de 2011

Poesía para degustar

De la mano de Antonio García Villarán, o lo que es lo mismo El Cangrejo Pistolero, el día 21 de Marzo, en la Casa de los Poetas, se inaugura en Sevilla una Exposición con mucho sabor.



Y para que no quede en el olvido, aún hay tiempo para hacer propuestas para el IV Festival de Perfopoesía.

 Lo que sigue es un video de muestra de lo que fue el Festival de 2010




Así, que ya sabe, Doña Concha, vaya aleccionando a sus loros, que no todo van a ser paseos por el parque, la vida es algo más...

sábado, 26 de febrero de 2011

Erase una vez un lobito bueno...

         CAPERUCITA DE LA SIERRA NORTE (2007)

            Es viernes por la mañana. Tienes clase hasta las doce.

         Tú vendrás de clase en el instituto de tu pueblo. Estas en el último curso, pero ya debías haber terminado. Llevas un año de retraso. Pero te lo pasas muy bien. Eres Caperucita Roja. Vives en una aldea cercana al Pedroso.

         Cuando llegues a casa tu madre te estará esperando. Lo de siempre. Tienes que llevarle a tu abuela –tu madre se empeña en llamarla la “abuelita”- la compra del supermercado. Siempre lo mismo: fruta, algo de carne y  las latas de cerveza que tanto le gustan.

         Saldrás de tu casa y tomarás el camino a la derecha. Es el que va al bosque, más corto que el camino forestal y tiene su aliciente. Ve rapidita para que des imagen de jovencita alegre en un hermoso día de primavera. Porque, en efecto, estás en primavera.

         No cantes ninguna canción y menos tirolesa, por favor, sería como destrozar el escenario.

          Sigue así hasta que llegues al  riachuelo. Descálzate e inicia el paso a la otra orilla. Observa allí una figura que se oculta tras unos arbustos. Sientes un cosquilleo en tu interior. Buenas vibraciones. Ambivalencia: deseo-rechazo.

         Os conoceréis en el momento en que  estés saliendo del agua. Te estás poniéndo tus zapatos. Inclínate como si fueras a caer. Él, oculto tras una mata de jara, te ha estado observando. Salta para evitar que caigas. Te sorprendes. Apóyate en su brazo.


          Di, mientras mantienes tu mano sobre su brazo:

         ––Gracias.

         Él te mira. Te sonrojas.

         ––¿Estás bien? ––Te dice.

         Os miráis a los ojos.

         ––Si. Gracias.

         Lo sueltas,  y camináis juntos unos pasos.

         Os estáis mirando furtivamente. Es el olisqueo primigenio. Tú bamboleas la cesta de las provisiones de la abuelita.

          Él te toma del codo.

–– ¿Dónde vas? ¿Cómo te llamas? ––Te dice.

         ––Me llamo Caperucita, voy a casa de mi abuela, bueno, mi “abuelita”, que vive al final de este camino, antes de llegar a la pista forestal.

         ––Te acompaño. Yo voy hacia allá. Conozco a tu abuela de verla algunas veces en su huerto. Yo soy el lobo. Bueno, soy el sustituto, porque el de verdad lo hirieron ayer unos furtivos y está en el veterinario. Nada grave, parece. Mi nombre es Ernesto.

         Lo observas y te alegras por una vez de que ocurran  accidentes de caza. No es precisamente un lobo.

         No muestres mucho brillo en tus ojos, contente.

         Continuáis andando por el bosque. Los pájaros cantan, el cielo está radiante, las hojas de los árboles tamizan la luz solar y un clima de acogedora serenidad os envuelve. Sopla una brisa agradable. Aproxímate a él. Te pasará la mano por la cintura y te oprimirá contra su cuerpo. Identifica las plantas, los sonidos, los olores y  los va describiendo de tal forma que hace que te sientas parte de la naturaleza que os envuelve. Se hace inevitable: os besáis con hambre de siglos.

         Ama a la naturaleza y es atento contigo. Es difícil encontrar un lobo más completo.

         Diez arbustos, ocho pájaros  y cuatro  ranas más tarde estaréis acomodados sobre un lecho de hojas. Haréis el amor hasta el anochecer.

         Él se vestirá y esperará a que tú lo hagas. Antes de terminar abrázalo y dale un beso final. Luego termina de vestirte. Tómalo de la mano y sigue hasta llegar al camino forestal.

         Antes de cruzarlo te señalará una cabaña de madera, situada a pocos metros de distancia, en una pendiente cercana junto al camino.

–– Aquella es mi casa. Vivo solo.

         Os besáis fugazmente y luego tú atraviesas el camino,  llegas a casa de tu abuelita y llamas a la puerta.  Pasas la noche con ella y el sábado por la mañana vuelves a casa.



***   ***   ***

Desde entonces, todos los viernes sin excepción sal del instituto de tu pueblo y con una diligencia moderada, para no alarmar a tu madre, llévale las provisiones a tu abuelita.

         Casi cuatro meses despues, la Dirección General de Bosques Forestales comunicó a Ernesto la jubilación anticipada del anterior lobo titular y él se prepara los temas. Después él gana el concurso restringido. Tú tienes que tomar una decisión. Piénsalo.

 Alejandro Cotta

sábado, 5 de febrero de 2011

¿Cómo escribir un dialogo? Leamos a John Kennedy Toole.

¡Hemos disfrutado como cochinos en barro!
¡Como alerces en flor!
¡Como pajarillos hartos de gusanos!
¡Qué dialogo más expresivo, desternillante, pulcro, descriptivo!
Si alguien se ha preguntado alguna vez qué quiere decir "mostrar" cuando hablamos de literatura, pasen y vean: 
                                ( "¡Y al final, comenten, que es bueno para la salud!", nos recomiendan la sin par Doña Concha y el loro Arturo.)
" Mientras Ignatius consideraba el placer que aquel pequeño juego de
béisbol proporcionaba a la humanidad, los dos ojos tristes y ávidos avanzaron hacia él entre la multitud como torpedos dirigidos a un petrolero grande y lanudo. El policía dio un tirón a la bolsa de papel de partituras de Ignatius.
—¿Tiene usted algún documento de identificación, señor? —preguntó
el policía, en un tono de voz que indicaba que tenía la esperanza de que
Ignatius fuese oficialmente inidentificable.
—¿Qué? —Ignatius bajó la vista hacia la enseña de la gorra azul—.
¿Quién es usted?
—Enséñeme su carnet de conducir.
—Yo no conduzco. ¿Sería usted tan amable de largarse? Estoy
esperando a mi madre.
—¿Qué es lo que cuelga de esa bolsa?
—¿Qué cree usted que va a ser, imbécil? Una cuerda para mi laúd.
—¿Qué es eso? —el policía retrocedió un poco—. ¿Es usted de la
ciudad?
—¿Acaso la tarea del departamento de policía es acosarme a mí cuando
esta ciudad es la desvergonzada capital del vicio del mundo civilizado? —
atronó Ignatius, por encima del gentío que había frente a los grandes
almacenes—. Esta ciudad es famosa por sus jugadores, prostitutas,
exhibicionistas, anticristos, alcohólicos, sodomitas, drogadictos, fetichistas,
onanistas, pornógrafos, estafadores, mujerzuelas, por la gente que tira la
basura a la calle, por sus lesbianas... gentes todas que viven en la impunidad
mediante sobornos. Si tiene usted un momento, estoy dispuesto a discutir con
usted el problema de la delincuencia; pero no cometa el error de fastidiarme a
mí.
El policía agarró a Ignatius por el brazo pero fue agredido en la gorra
con las partituras musicales. La cuerda colgante del laúd le dio en la oreja.
—Eh —protestó el policía.
—¡Toma eso! —gritó Ignatius, percibiendo que estaba empezando a
formarse un círculo de compradores interesados.
Dentro del D. H. Holmes, la señora Reilly estaba en el departamento de
bollería, el pecho maternal apoyado en una vitrina que contenía almendrados.
Uno de sus dedos, gastado de frotar tantos años los gigantescos y amarillentos
calzoncillos de su hijo, tamborileó en la vitrina para llamar la atención de la
vendedora.
—Eh, señorita Inés —dijo la señora Reilly con ese acento que al sur de
Nueva Jersey sólo existe en Nueva Órleans, esa Hoboken del Golfo de
México—. Venga, venga aquí, chica.
—Vaya, ¿cómo le va? —preguntó la señorita Inés—. ¿Qué tal, querida?
—No demasiado bien —dijo, sincera, la señora Reilly,
—Qué lata, verdad —la señorita Inés se apoyó en la vitrina y se olvidó
de las pastas—. Tampoco yo me siento nada bien. Estos pies...
—Señor, Señor, ojalá tuviera yo tanta suerte. Lo mío es arturitis en el
codo.
—¡¡Oh, no! —dijo la señorita Inés con verdadera simpatía—. Mi pobre
papá también la tiene. Le hacemos meterse en una bañera llena de agua
hirviendo.
—Mi hijo se pasa todo el día flotando en la nuestra. Yo apenas puedo
entrar en el cuarto de baño.
—Creí que estaba casado...
—¿Ignatius? Sí, sí, ojalá —dijo, con tristeza la señora Reilly—. ¿Quiere
darme dos docenas de esas variadas, querida?
—Pues yo creía que me había dicho usted que se había casado —dijo la
señorita Inés, mientras iba metiendo las pastas en una caja.
—Ni perspectiva tiene siquiera de casarse. La novia aquella que tenía se
largó.
—Bueno, aún está a tiempo.
—Sí, sí, claro —dijo con indiferencia la señora Reilly—. ¿Quiere
ponerme también media docena de bizcochos borrachos? Ignatius se pone
insoportable cuando se acaban las pastas.
—Así que a su chico le gustan las pastas, ¿eh?
—Oh Señor, este codo me está matando —contestó la señora Reilly.
En el centro del grupo que se había formado delante de los grandes
almacenes, se balanceaba violenta la gorra de cazador, un verde destello en el
círculo de gente.
—Hablaré con el alcalde —gritaba Ignatius.
—Deje en paz al muchacho —dijo una voz entre la multitud.
—Vaya a detener a esas chicas que se desnudan de la Calle Bourbon —
añadió un viejo—. Él es un buen chico. Está esperando a su mamá.
—Gracias —dijo, desdeñoso, Ignatius—. Espero que todos ustedes den
testimonio de este ultraje.
—Vamos, acompáñeme —le dijo el policía con menguante seguridad.
A su alrededor había ya casi una multitud y no se veía ni a un guardia de
tráfico—. Vamos a la comisaría.
—Así que un buen muchacho no puede ya ni esperar a su mamá a la
puerta de un comercio —era de nuevo el viejo—. Convénzanse, la ciudad
nunca fue así. Esto es el comunismo.
—¿Está llamándome usted comunista? —preguntó el policía al viejo,
mientras procuraba evitar los latigazos de la cuerda del laúd—. Le llevaré
también a usted. Así mirará más a quien anda llamando comunista.
—A mí no puede usted detenerme —gritó el viejo—. Pertenezco al
Club Edad Dorada, patrocinado por el Departamento Recreativo de Nueva
Orleans.
—Deje en paz a ese anciano, policía de mierda —chilló una mujer—.
Es probable que tenga ya nietos.
—Los tengo —dijo el viejo—. Tengo seis nietos, estudian todos con las
hermanas. Y son muy listos, además.
Sobre las cabezas del gentío, Ignatius vio a su madre que salía despacito
del vestíbulo de los almacenes cargando con los artículos de repostería como
si fuesen cajas de cemento.
—¡Mamá! —gritó—. Llegas en el momento justo. Me han detenido.
Abriéndose paso entre la gente, la señora Reilly dijo:
—¡Ignatius! ¿Pero qué pasa? ¿Qué has hecho ahora? Eh, oiga, quítele
esas manos de encima a mi hijo.
—No le estoy tocando, señora —dijo el policía—. ¿Éste de aquí es su
hijo?
La señora Reilly arrebató a Ignatius la zumbante cuerda de laúd.
—Pues claro que soy su hijo —dijo Ignatius—. ¿Es que no ve usted el
afecto que siente por mí?
—Sí, esa señora quiere mucho a su hijo —corroboró el viejo.
—¿Qué intenta usted hacerle a mi pobre niño? —preguntó la señora
Reilly al policía; Ignatius palmeó con una de sus inmensas zarpas el pelo
teñido con aleña de su madre—. ¿Cómo se atreve usted a detener a un pobre
muchacho con toda la gente que anda suelta por esta ciudad? Está esperando a
su mamá e intentan detenerle.
—Aquí tendría que intervenir el Sindicato de Libertades Civiles —
comentó Ignatius, apretando con la zarpa el hombro caído de su madre—.
Hemos de comunicárselo a Myrna Minkoff, mi amor perdido. Ella sabe de
estas cosas.
—Son los comunistas —interrumpió el viejo.
—¿Qué edad tiene? —preguntó el policía a la señora Reilly.
—Treinta años —contestó Ignatius, condescendiente.
—¿Tiene usted trabajo?
—Ignatius tiene que ayudarme en casa —dijo la señora Reilly;
empezaba a fallarle un poco su valor inicial, así que se puso a enroscar la
cuerda del laúd con el cordel de las cajas de las pastas—. Tengo una arturitis
horrible.
—Limpio un poco el polvo —explicó Ignatius al policía—. Además,
estoy escribiendo una extensa denuncia contra nuestro siglo. Cuando mi
cerebro se agota de sus tareas literarias, suelo hacer salsa de queso.
—Ignatius hace unas salsas de queso deliciosas —dijo la señora Reilly.
—Es un detalle estupendo —señaló el viejo—. La mayoría de los
muchachos se pasan el día correteando por ahí.
—¿Por qué no se calla usted? —dijo el policía al viejo.
—Ignatius —preguntó la señora Reilly con voz trémula—, ¿qué has
hecho, hijo mío?
—Bueno, mamá, la verdad es que creo que el que empezó fue él —
Ignatius señaló al viejo con la bolsa de partituras—. Yo estaba aquí,
esperándote, rezando para que las noticias del médico fueran alentadoras.
—Llévese de aquí a ese viejo —dijo la señora Reilly al policía—. Está
armando líos. Es una vergüenza que dejen sueltas por la calle a personas como
él.
—Todos los policías son comunistas —gritó el viejo.
—¿Pero no le dije a usted que se callara? —dijo el policía, furioso.
—Todas las noches me pongo de rodillas y doy gracias a Dios de que
estemos protegidos —explicó la señora Reilly a la multitud—. Sin la policía,
todos estaríamos muertos a estas horas. Estaríamos tumbados en la cama con
el cuello cortado de oreja a oreja.
—Eso es una gran verdad, sí, señor —confirmó una mujer entre la
multitud.
—Deberíamos rezar un rosario por las fuerzas del orden.
La señora Reilly dirigía ahora sus comentarios a la multitud. Ignatius le
acarició torpemente el hombro, susurrando frases de aliento.
—¿Pero rezaríamos un rosario por un comunista? —añadió la señora
Reilly.
—No —contestaron fervorosamente vanas voces. Alguien dio un
empujón al viejo.
—Es cierto, señora —grito el viejo—. Él intentaba detener a su hijo.
Igual que en Rusia. Son todos comunistas.
—Vamos —dijo el policía al viejo. Y le agarró rudamente por la
espalda del abrigo.
—¡Oh, Dios mío! —dijo Ignatius, observando al pálido y pequeño
policía que intentaba sujetar al viejo—. Tengo los nervios hechos migas.
—¡Socorro! —gritó el viejo, apelando a la multitud—. Esto es un
abuso. ¡Es una violación de la Constitución!
—Está loco, Ignatius —dijo la señora Reilly—. Será mejor que nos
marchemos de aquí, niño. —Luego se volvió a la gente y dijo—: Vayanse,
amigos. Podría matarnos a todos. Yo, personalmente, creo que puede que el
comunista sea él.
—No tienes que exagerar, madre —dijo Ignatius mientras se abrían
paso entre la multitud, que empezaba a dispersarse. Enfilaron a buen paso
Calle Canal abajo.
Ignatius miró atrás y vio al viejo y al policía bajito forcejeando bajo el
reloj de los grandes almacenes.
—¿Podrías aminorar un poquito la marcha? Creo que tengo un soplo
cardíaco.
—Oh, cállate ya. ¿Cómo crees que me siento yo? A mi edad no debería
correr de este modo.
—El corazón es importante a cualquier edad, creo yo.
—Tú tienes el corazón perfectamente.
—Lo tendría si caminásemos un poco más despacio —los pantalones de
tweed se le hinchaban alrededor de las nalgas gargantuescas mientras
caminaban calle abajo—. ¿Tienes la cuerda de mi laúd? "

(Del capítulo Uno de "La conjura de los necios". John Kennedy Toole.)

sábado, 15 de enero de 2011

¿Juegas a ser editor?

   Mi benefactor, el joven ecologista a quien debo el conservar todas mis ramas, solía sentarse recostado en mi tronco algunas tardes de otoño, época  propicia para que la melancolía fluya a través del arte, que en su caso era de vena literaria. Desde mi altura observaba que, con frecuencia, sus escritos se enredaban en sus propias palabras y más de una vez no pude resistir la tentación de aconsejarle, casi siempre sin éxito. Así que opté por proponerle el siguiente juego:
   “Mi querido jovencito le reto a que mejore algunas de las frases del texto original de una escritora conocida”.    
   Aunque me miró con desconfianza, aceptó.
 ¿Aceptas tú jugar con nosotros?

            Frase 1: “Le arrebaté la foto y saqué de mi mochila un viejo ejemplar de la revista Southwest Art  donde aparecían cuadros de Barbara. La abrí por Fall in the Canyon.”
           
            Frase 2:“Tenía que tener la voluntad de pintar cuadros realmente malos.”
           
            Frase 3:”Y se me ocurrió la idea de lo que es artístico a partir de las portadas del New Yorker y de las caricaturas de su interior.”

            (Las modificaciones que propusieron las editoras a dicha autora las puedes encontrar en nuestra página “Párrafos, frases y otros enseres”).          

viernes, 31 de diciembre de 2010

Andanzas, vida y milagros de los descendientes bastardos del viejo Indiano

De como los descendientes de la bastardería del Vetusto Pariente Indiano, a la salida del Hospital Psiquiátrico Militar de Tordesillas del Conde, emprendieron la más rutilante aventura de sus vidas:

Real como la vida misma:
Operación Lentisco ("Lentisco Point")
     En la segunda planta de una venta junto a una pista forestal a treinta kilómetros al sur de Badajoz, un hombre está sentado en una habitación, ante una mesa. Está sólo y entra un hombre de unos treinta años, moreno, estatura media. Es Nick.
––Buenas noches, jefe –dice Nick.– ¿Qué es eso tan urgente que nos tiene que decir?
––Buenas noches, Nick.. Cuando llegue Jhon os lo contaré. Confía en mí. Nunca te he fallado.
––Bueno, entonces, por lo menos invite a una caña. Las esperas con birra se hacen más cortas.
––Vale –dice el Jefe- dile al Tobías que suba dos tanques, con cabrillas en tomate.
––Jefe, es que a mí no me gustan las cabrillas.
––A mí sí, Nick, a mi sí.
––Ya…
––Adoro las cabrillas, con sus ojitos y sus cuernecitos flexibles-, dice el Jefe, poniéndose bucólico. Deben ser criaturas inteligentes, a las que, al menos no se les astillan los cuernos en el burladero. Además están muy buenas con tomate.
––Jefe, estoy tieso. Déme un algo para ir tirando. –Dice Nick.
––Ganarás el pan con el sudor de tu frente, Nick.
––Si, pero un anticipo a cuenta…
––Eres insaciable, Nick. Está bien. Toma, quinientas pesetas y vete aviando. Tú pagas la cena.
––Es usted magnánimo.
––Soy la luz que guía tus pasos. Muchos no tienen un faro luminoso en su vida. Tu sí.
––No entiendo, Jefe. ¿Quién es el faro ese que usted dice?
––Soy yo, Nick, soy yo.
––Ya…
Se abre la puerta y entra un hombre de unos treinta años, moreno, estatura media. Es Jhon.
––Buenas noches, Jefe y la compaña –-dice Jhon.
––Buenas noches, Jhon. ¿Por qué llegas tan tarde? Son las diez y media. Quedamos para hace una hora.
––Se me mojó el reloj anoche, con la lluvia, y anda renqueando. Es que es chino.
 Jhon acerca una silla a la mesa y se sienta.
       ––Hay que llegar puntual a las cenas de trabajo, Jhon, hay que llegar puntual.
––¿Es que vamos a cenar?
––Si, paga Nick.
––¿Tu pagas, Nick, de veras? ¡Que poderío!
––Sí. El jefe me ha dado quinientas pesetas.
––Prestadas, Nick, han sido prestadas –dice el Jefe.
––Si, Jefe, prestadas, a cuenta.
––Llama de una vez al Tobías y que traiga algo ya, que hay que empezar la cena de trabajo.
     Nick se levanta y baja a buscar a Tobías.
     Luego vuelve y se sienta.
––Ahora lo trae -dice Nick.
    
     Media hora más tarde sube Tobías. Al abrir la puerta, la lámpara del techo se mueve impulsada por una corriente de aire y las sombras de la habitación oscilan, creando un efecto de buque fantasma.
     El camarero lleva una bandeja con cervezas y las cabrillas. También trae caracoles. Inmediatamente se los adjudica Nick y dice: 
––Contra los caracoles no tengo nada.
     Los tres comen en silencio y acabada la cena retiran los platos y vasos. El jefe ordena cerrar la puerta y comienza el trabajo.
     Extiende sobre la mesa un papel con un dibujo descriptivo de la distribución de unos edificios en el interior de un recinto circundado de doble hilera de cerca, con puerta de entrada orientada al Este. En torno al recinto se ven dibujos de siluetas de árboles. Al Sur del recinto se ha trazado un aspa con rotulador rojo.
     ––Este es el campo de operaciones del plan que quiero exponeros. Puede ser la solución de nuestras vidas. Este  proyecto es el proyecto de nuestro futuro –dice el Jefe.
     ––Si, Jefe ––dicen al unísono Jhon y Nick.
     ––Es un proyecto para gentes audaces, es una obra de arte del ingenio y la osadía, propia de un espíritu inquieto, de una  inteligencia privilegiada…
     La voz del Jefe, siempre susurrante, se va apagando mientras los frágiles cerebros de Jhon y Nick quedan flotando en una nebulosa hasta ser arrastrados a un plácido duermevela.
     Dos horas más tarde…
     Nick empieza a despertar y oye todavía la retahíla incomprensible del Jefe. De pronto se calla. Los tres quedan en silencio.
     ––Bien, estén ustedes atentos, que ahora les expondré las pautas de la  acción de nuestro proyecto ––continúa el Jefe.
     ––Sí, Jefe –dice Nick.
     Nick observa que Jhon dormita con los ojos abiertos y se apresura a darle un disimulado y contundente codazo.
     ––Sí, Jefe ––dice Jhon.
     ––Bien, me alegro que hayáis entendido.Nosotros estamos aquí, ––dice señalando con el dedo el aspa roja trazada sobre el plano- y esta es nuestra posición.
     ––Jefe ––dice Nick––,creo que aquí no es. Estamos en el cerro del Alcornocal, junto a la pista forestal y delante no hay casas, ni alambradas, sólo hay alcornoques y cochinos.
     ––Bien, Nick, estaba hablando en sutil metáfora.
     ––Bueno, Jefe, es que yo no hablo más que en extremeño y no mu bien, como no tengo estudios, usted sabe.
     ––En ese punto es donde estaremos a las cuatro de la mañana dentro de tres días. Cuando entremos en acción. Estaremos junto a la base Militar de Algarrobillo de Abajo.
     ––¿De Algarrobillo de Abajo? ––dicen a coro Nick y Jhon.
     ––Sí, del mismo.
     ––¿Jefe, que vamos a atracar, una base militar? ––dice Nick.
     ––Un banco, Nick, un banco: el BBVA.
     ––Jefe ––dice Jhon––, ¿no hay algo más sencillito?
     ––Es más fácil de lo que os podéis imaginar.
     ––Pero aquello está todo lleno de soldaos de élite, de esos que mandan a despanchurrar moros ––dice Jhon.
     ––A destripar moros no van, van en son de paz ––dice el Jefe.
     ––Bueno, pero tienen escopetas y cañones y bombas y nos pueden dar…
     ––Os voy a informar, atentos ––dice el Jefe––. En el  lugar que he señalado comienza la acción.
     ––Tú, Nick, te acercas a la alambrada y con este alicate que me ha prestado mi cuñado empiezas a cortar la tela metálica. No te preocupes, que no está electrificada porque el transformador que tienen pedido está pendiente de que haya presupuesto y es el Gobierno quien tiene que soltar pasta, así que ahí andan esperando. Por eso tampoco funcionan las cámaras de vigilancia. Algo parecido le pasa a las luces de las alambradas.
     Una vez que tengas hecho el agujero en la alambrada nos silbas como  una lechuza y nosotros bajamos, pasamos los tres a la zona entre las alambradas, tú cortas la otra tela metálica y ya estamos dentro de la base.
     El día H, hora D, 3 de la mañana, los tres hombres, con los relojes sincronizados, comienzan la operación.
     Detrás de un lentisco, al sur de la base, los tres hombres, vestidos de negro, se asoman uno a uno para divisar la base.
     ––Observad ––dice el Jefe––: ahí enfrente tenemos las dos alambradas, con la zona entre ellas, más allá está la base y allí están los barracones, esa es la cantina, a ese lado está el hangar de los Transportes Orugas Acorazados, TOA, y aquella es la puerta del banco. Deberemos llagar hasta la puerta del banco, situar la trasera del TOA junto a la puerta  ¿Recordáis el plan?
     ––Sí, Jefe ––dicen Jhon y Nick.
     ––La hora ha llegado. ¡Adelante¡ ––dice el Jefe.
     Nick sale del lentisco y se desliza reptando hasta la valla exterior del perímetro de la base. Toda la instalación militar está tenuemente iluminada. Los espacios abiertos están desiertos. En la cabina, junto a la puerta sólo se distingue el ascua de un cigarrillo, que fuma un soldado de guardia.
     El Jefe y Jhon sólo pueden oír el cric-crac de los alicates de Nick cortando las mallas de la alambrada. Luego se oye el canto de una lechuza.
     Los dos hombres salen del lentisco y se deslizan sigilosamente hasta la valla, donde está Nick.
     ––¿Qué coño hacéis aquí?
     ––Tu nos has llamado ––dice el Jefe.
     ––Yo no os he llamado todavía. Creo que ha sido una lechuza de verdad.
     ––Hemos tenido una espontánea ––dice el Jefe.
     Los tres guardan silencio. Sólo oyen el cric-crac de los alicates.
     Finalmente termina Nick y los tres pasan al terreno del corredor entre las vallas. Nick empieza a cortar la otra alambrada, pero en eso una luz destella sobre ellos. Es un foco que ilumina toda la zona que ocupan.
     ––¡Cuerpo a tierra! ––ordena el Jefe.
     ––¿Jefe, qué ocurre con esa luz? ––susurra Nick.
     ––No sé, debería estar apagada como los demás focos, puede haberse derivado…
     ––Jefe qué pasa. ––pregunta Jhon.
     ––Silencio, coño, esto es una emergencia. ––dice el Jefe.
     ––Jefe ––dice Nick–– aquí hay dos cables.
     ––¿De qué colores son?
     ––Uno azul y otro rojo.
     ––Corta uno.
     ––¿Cuál? ––dice Nick.
     ––Corta el azul ––dice Jhon.
     ––Corta el amarillo ––dice el Jefe.
     ––No hay, Jefe.
     ––Corta el rojo ––corrige el Jefe, poniendo cara de idiota.
     Nick se pone de pie, con lágrimas en los ojos. Es conciente de que debe tomar una decisión crucial en su vida. Cuenta a Jhon que él siempre ha sido muy desgraciado, que su padre no le dejaba tomar decisiones y él sufría y sufría y que, más tarde, cuando se casó, en realidad a quien quería era a su cuñada, que siempre fue su amor secreto. Jhon y Nick se abrazan. Jhon también llora y comprende lo duras que son las decisiones que marcan de por vida. Él tuvo que escoger una vez y desde entonces necesita un osito de peluche para dormir. Sus vidas no tienen rumbo.
     ––¿Os habéis vuelto gilipollas? ¡Nick, corta un cable cualquiera de una puta vez, coño! ––gruñe el Jefe.
     Nick, se arrodilla junto a los cables y temblandole el pulso, abre los alicates y los va cerrando sintiendo la presión del cobre al ser cortado por los filos de la herramienta.
     La luz se apaga.
     Un profundo suspiro sale del pecho de cada uno.
     ––¿Qué color era? ––preguntó el Jefe.
     ––No lo sé. ––dice Nick.
     ––¿Cuál cortaste? ––dice Jhon.
     ––Los dos.
     Terminada de cortar la segunda alambrada, los tres pasan el interior de la base. Desde allí se dirigen, por detrás de la cantina y luego por la parte trasera de los barracones y el supermercado de la tropa hasta situarse en la puerta trasera del hangar de los TOA.
  
"Tú, Jhon, había dicho el jefe aquella noche preparatoria, que nunca olvidaría ninguno de los tres, abrirás la puerta trasera del hangar y podremos entrar todos.
     ––Jefe, para eso nos harán falta unas herramientas especializadas o tener las llaves de las puertas. ¿Las tiene usted?
     ––No, Jhon, las llaves no las tengo, pero sí la tecnología adecuada.
     ––¿Cómo de tecnología y cómo de adecuada, Jefe?
     ––Como ésta. ––Había dicho el Jefe a la vez que le entregaba una barra de palanca de más de un metro de larga, tres centímetros de grosor y seis de ancho,todo en acero.
     Jhon tomó la barra en sus manos, miró al Jefe y dijo:
     ––Contundente sí que es. De tecnología debe estar bien, cerca de cinco kilos. Será útil."
     Jhon usa la palanca. El candado salta y salta el cerrojo y la cadena. En la cantina suena aún la Patoja cantando en la juerga de soldados y oficiales borrachos. Nadie sale de los barracones. La Patoja ataca de nuevo con su Cántame a la Sombra del Alcornoque. Los tres entran en el hangar de los TOA.
     "––Una vez en el hangar, yo subiré al TOA  -había dicho el Jefe aquella noche l-uego subís vosotros. Yo estaré al volante, o lo que tenga ese trasto para guiarlo. Jhon, tú lo arrancarás, que para eso tienes varios trienios de práctica automovilística.
     ––Después salimos por la puerta delantera, por la puerta grande, como en Las Ventas.
      ––¿Utilizamos otra vez la tecnología de la palanca? ––había preguntado Jhon.
       ––Bueno, ya veremos, dejémoslo a la inspiración del momento."
     El Jefe no ha previsto cómo abrir la puerta del TOA, pero la suerte le sonríe: la puerta está abierta. La pericia puenteadora de Jhon resulta eficaz y  el blindado es puesto  en marcha en tres minutos. Finalmente prescinde del violento uso de la  palanca para abrir la puerta del hangar y la sustituye por la fuerza motriz del blindado, que abre mantecosamente de par en par el hangar, aunque con un ruido de estrépito, pero que no supera a los Do de pecho de la folclórica y la alcoholemia de varios batallones de élite desentonando el Asturias Patria Querida.
     Y allí están ellos en el Transporte Oruga Acorazado, a las puertas del hangar, girando noventa grados a la izquierda, enfilando triunfalmente el BBVA, junto a la cantina. Suena imperial la Cabalgada de las Valkirias que oyen en la radio los centinelas de salida de la base. El blindado llega a la puerta del banco, que se abre con el argumento de la palanca y allí, girando sobre su eje,se aproxima el TOA.
     Siguiendo el protocolo establecido en aquella memorable preparación, contemplan que hay efectivamente una caja fuerte en el interior y que, además,  hay un cajero automático junto a la puerta.
     ––Jefe, usted habló de una caja fuerte dentro del banco, pero hay también un cajero automático, que debe tener su dinero. ¿Qué hacemos? ––dice Nick.
     ––¡Pronto, dos cables de acero a la trasera del TOA!
     ––¡A la orden, señor! ––dicen Nick  y Jhon.
 Sacan ambos dos gruesos cables y los amarran a la trasera del blindado, atan con uno la caja fuerte y con el otro el cajero automático.
  El TOA, con los tres hombres a bordo avanza arrastrando la caja y el cajero. Inicia una maniobra hacia el hangar para dar la vuelta girando en aquella explanada y salir por la puerta de la base, pero justamente en el arco de giro alguien ha aparcado un flamante Audi 1000, con el que entran en colisión el cajero automático y la caja fuerte del BBVA, que pasan por encima del automóvil, que, herido de muerte, emite  aullidos de animal prediluviano rompiendo el silencio del amanecer.
     Las rosadas luces del alba empiezan a despuntar por encima de los montes y el grito desgarrador de las alarmas del Audi 1000 hace enmudecer todos los decibelios de la juerga nocturna cuartelaria.
     Segundos después la base es un hervidero de gente de uniforme dando órdenes y contraórdenes a todo el que se encuentra por el camino.
     ––¡Circule! ––dice un Teniente Coronel a Nick.
     ––A sus órdenes, mi Teniente Coronel ––dice Nick.
     ––No estorbe ––dice un Capitán a Jhon.
     ––Señor, sí señor ––dice Jhon.
     ––Buenas noches ––dice el Jefe a los que estaban de guardia en la puerta principal.
     ––Buenas noches y a sus órdenes ––contestan, cuadrándose.
     ––Descansen -dice el Jefe saliendo por la puerta de la base hacia la espesura del monte.
     Nick y Jhon cruzan las alambradas sin ser molestados y emprenden la subida al cerro en busca de sus ciclomotores, ocultos tras el lentisco base. Cuando están ya en la cumbre oyen los primeros disparos en el Campamento.
 En los siguientes días llega a la base lo más selecto de la Policía Militar, que inmediatamente comienza las pesquisas con la ayuda de la Guardia Civil.
    "Está usted procesado en consejo de guerra, deberá comparecer en este juzgado los días quince de cada mes, puede retirase". –repite treinta y cinco veces a otros tantos oficiales el Juez Militar Instructor, durante los treinta cinco meses siguientes.
      Diez años después son archivados los treinta y cinco consejos de guerra y por esa época se ordena también el desguace del TOA, que permanecía “arrestado” en un rincón del hangar de la base desde la noche en que aplastó el Audi 1000 del comandante.
     Durante la siguiente primavera, en unas jornadas de puertas abiertas de la base, tres ciudadanos desconocidos, que han acudido a distintas horas, no pueden reprimir una furtiva lágrima al pasar junto a un montón de chatarra, resto del desguace del TOA.

A.Cotta.